Hola a tod@s.
Amanece en una hermosa dehesa extremeña. Tras la heladora noche de mediados de enero, la escarcha acumulada crepita bajo el abrazo profundo del sol. El bosque domado reanuda su quehacer cotidiano. Muchas son las voces que se alzan en el encinar, voces que se han convertido ya por estas fechas en los sonidos del invierno. El pitido de las avefrías es el primero en oírse, acompañado por la algarabía de los rabilargos y el cantar cristalino de alondras y cogujadas. Las bandadas de chorlitos dorados también se hacen notar, a la par que los estorninos se empeñan en imitar a todo lo que se mueve. Muchos son los sonidos del invierno, pero para mí el auténtico sonido invernal, la verdadera voz de la estación fría, la sinfonía que inunda la dehesa los duros, fríos y severos días del invierno, es sin ninguna duda, el impresionante trompeteo de las grullas.
Ya con las primeras luces se las puede oír en su no lejano dormidero, una charca abrevadero en la que pasan la noche centenares, tal vez miles de grullas. El ruido es ensordecedor, miles de gargantas saludan cada mañana al astro rey en un coro ancestral que se viene repitiendo cada amanecer, cada invierno desde la noche de los tiempos.
Las bandadas comienzan a levantarse en un espectáculo sin parangón en esta querida iberia nuestra. Todas marchan, unas a los sembrados, otras a los pastizales, pero la mayoría de ellas parten hacia las dehesas buscando ese alimento tan nutricio, y por que no decirlo, tan nuestro que son las bellotas. Las bellotas de los encinares extremeños con las que van ganando grasas para ir soportando el invierno y para poder, allá por los últimos días de febrero y primeros días de marzo, emprender el viaje de regreso a las tierras del norte donde nacieron.
¡Ay! queridos amigos, que sería del invierno sin la mítica voz de las grullas, que sería sin poder ver esas escuadras viajeras que apuntan siempre en una dirección, en la dirección de la supervivencia. Que sería de nuestras dehesas y de nuestra riqueza natural sin la elegancia, sin el porte esbelto de las viejas damas grises.
Mejor no imaginarlo, mejor no pensar en la desaparición de un ave que tan arraigada está a nuestra historia. Mejor no pensar en la desaparición de un bosque tan impresionante, tan importante, tan rico, como son nuestras maravillosas dehesas extremeñas. Mejor no pensar en la desaparición de ese coro atronador , de esa sinfonía de voces tan asombrosa ,que sin ninguna duda, se han convertido en el sonido más impresionante, en el sonido más puro, y en el sonido más característico del invierno español.
Saludos y que la naturaleza os guíe.