Hola a tod@s.
Sin duda no hay mayor satisfacción que conseguir los retos que, año tras año uno se va marcando. Muchas veces había observado a esos piratas aéreos que cada primavera regresan de sus cuarteles de invernada en África, para venir a criar a la península ibérica. Los milanos negros, esos oportunistas que cada día escudriñan cada rincón de nuestros campos en busca de algo que llevarse al pico.
Es un verdadero placer observar sus evoluciones en el aire, ya que estas aves son auténticas maestras del vuelo a planeo. Es impresionante ver sus cabriolas y picados al borde mismo de las carreteras en pos de los restos de los animales que mueren atropellados por los vehículos.
Cuando uno se fija un objetivo como este, sabe de antemano que no será empresa fácil y que el porcentaje de fracaso suele ser mucho más alto que el de aciertos. Y es que las rapaces, por su cautela y su desconfianza suelen ser objetivos mucho más complicados.
Primero has de emplear mucho tiempo y esfuerzo en el trabajo de campo. En primer lugar hay que localizar un lugar habitual donde ellos gusten de campear. Yo opté por un sitio apartado y tranquilo donde tuviesen buenas entradas y salidas al comedero. Un pequeño descampado con algunas matas de retamas donde poder ocultar el hide y rodeado de encinas.
Instalé un par de posaderos y di comienzo a las cebas. Gracias a Santos el carnicero de mi pueblo, que semanalmente es el encargado de proporcionarme los restos de carne y huesos que le sobran en la carnicería, empecé a aportarles comida. Yo suelo llevarles carne unas tres veces por semana, siendo muy importante la constancia para tener un mínimo de éxito.
El día que descubres los primeros restos de carne en los posaderos y las primeras plumas en el suelo, el corazón te da un vuelco. Son las señales inequívocas de que están bajando a alimentarse. Todo listo, ya podemos afrontar nuestra primera sesión de fotos. Sin embargo esto no es tan fácil como puede parecer, ya que la suerte también juega en esto un papel esencial.
Horas y horas de pacientes aguardos y te acabas viniendo una y otra vez para casa con la tarjeta vacía y bastante decepcionado. Pero la naturaleza es así amigos, es ella quien elije el momento. Y cuando las cosas cuestan tanto, parece que el éxito se saborea mucho más.
Por fin llega ese día tan esperado, un vuelo fugaz, se hace el silencio, unos segundos que parecen no acabar nunca y.....allí esta. El Milano Negro, ese que tantos desvelos me causó, el que había soñado con fotografiar tantas y tantas veces y que casi siempre me había dado esquinazo, había tenido a bien acudir aquel día a la cita.
Tenerlo ahí tan cerca, subido al posadero que con tantas ilusiones días atrás coloqué para él, es un momento sobrecogedor. Los pelos se te erizan uno por uno y un leve temblor te recorre todo el cuerpo. Respirar hondo, calmarse y a disfrutar apretando el disparador. Primero poco a poco para ir habituandolo al sonido del obturador y una vez conseguido, a dar rienda suelta a toda nuestra pasión.
Tras media hora posando para mi, decide que ya es suficiente y emprende el vuelo perdiéndose en el horizonte y por supuesto con la panza llena. Y tu te quedas allí en el chajurdo, tranquilo, relajado, viendo la cara de felicidad de mi hijo que ese mágico día me acompañó, y disfrutando de la recompensa a un trabajo bien hecho. Mirando una y otra vez cada una de las instantáneas que has arrancado literalmente, del tesoro de la naturaleza.
En esos momentos ya no piensas en los fracasos anteriores, ya no recuerdas las infructuosas y largas esperas de horas y horas. Ahora te sientes feliz, un auténtico privilegiado por haber sido testigo de excepción de la vida intima de una criatura completamente salvaje que no sospechaba que a pocos metros, ocultos entre un amasijo de ramas un padre y un hijo se abrazaban y felicitaban por haber cumplido el objetivo que tiempo atrás se fijaron, y sobre todo por lo que en aquellos cortos treinta minutos, habían vivido y compartido.
Quiero dedicar esta entrada a todos mis amigos de pajareros normalitos 100% y de una manera muy especial a mi hijo Jorge. Por compartir conmigo tantas y tantas horas de espera, por no desanimarse nunca, y por hacer gala de una pasión por todo lo natural inquebrantable. Para ti hijo y decirte que tanto en la fotografía de naturaleza como en la vida misma si luchas con esfuerzo, empeño y pasión acabarás alcanzando todos los objetivos que te propongas. Te quiero campeón.









