Buena gente

martes, 2 de octubre de 2012

Un extremeño por tierras bautas. Capítulo 3º; La mirada del Leonado




Hola a tod@s.

Continuando con la saga de capítulos que vengo dedicando a mi viaje por tierras de Quintanilla del Agua, hoy vengo a presentaros de una manera menos usual, más de cerca, cara a cara, al carroñero más común de entre nuestras aves necrófagas: El Buitre Leonado.

Permitidme que comience mi relato, retrotrayéndome a mis años infantiles. A la tierna edad de seis o siete años, no recuerdo con exactitud, allá por los comienzos de la década de los ochenta, tuve yo mi primer encuentro con estas aves míticas.

Mi querido Terruño, que por aquel entonces basaba su economía en la ganadería y en la agricultura, contaba  por aquellas fechas con un gran número de reses entre su cabaña ganadera, que estaba formada principalmente por ganado porcino, ovino, caprino y en menor medida por un cierto número de ganado vacuno. No faltaba en casi cualquier casa el simpático borriquillo además de otras bestias de labor como los caballos o las vigorosas mulas, que ayudaban a los hombres en las arduas tareas del campo. Campo en el que por fortuna, sobre todo para los buitres, aún se podía abandonar el cadáver de la vieja res muerta para que sirviera de alimento a la comunidad buiturina, antaño muchísimo más numerosa.
 Precisamente debido a estas dos cuestiones; poder contar con un gran número de cabezas de ganado que proporcionaban muchos cadáveres a lo largo del año y  poder abandonarlos libremente en los campos, se estaba asegurando de una manera indirecta el futuro de nuestros buitres.

Debía ser verano, por que recuerdo muy bien que hacía muchísima calor. Cierto día venía yo subido a lomos de la "Andaluza", una de las dos hermosas mulas que formaban la yunta que tenía mi padre y que aquella calurosa mañana venía sujeta firmemente de riendas por sus duras y curtidas manos.

Recuerdo que tras pasar una zona de olivares, nos adentramos en unos rastrojos, cuando por primera vez, contemplé uno de los espectáculos naturales más increíbles de cuantos había visto en mi corta e inocente vida. A pocos metros de nosotros unas aves inmensas en un número muy elevado y apiñadas en un palmo de terreno, luchaban entre ellas. Una vorágine de alas, picos y garras que me dejaron estupefacto. 
Mi padre me miró y quizás con objeto de calmarme me dijo:" Son buitres, hijo, y su misión en la naturaleza es limpiar el campo de pestilencias, cuando un animal muere, se lo comen".

Yo no daba crédito, entre el espectáculo que suponía para mi el ver cara a cara, por primera vez, a esas formidables criaturas y las palabras que sabiamente me decía mi padre, yo estaba alucinando.
Aún recuerdo aquel hedor insoportable, aquellos rostros ensangrentados tras introducir sus cabezas en las entrañas del cadáver, sus penetrantes miradas, que se clavavan como dagas en mí y que han permanecido imborrables aún con el paso de los años. No sabía yo, que por entonces ya comenzaba a despertar en aquel niño, esa inquietud, ese amor y esa pasión por esta y por todas las demás criaturas aladas y por el mundo en el que viven, el cual compartimos.

Todo esto sentí, amigos mios, el día que mi gran amigo Manuel Mata, tuvo a bien el concederme de nuevo el privilegio de plantarme cara a cara ante estas maravillosas aves. De mostrarme uno de sus increíbles banquetes, de ser testigo de excepción, como lo fui en mi niñez, de una de sus impresionantes carroñadas. Pude volver a sentir esas penetrantes miradas, esas poses heráldicas, esos gestos y esos sonidos que me volvieron a recordar aquellos buitres de mi infancia. Y de igual manera pero con los papeles cambiados tuve la dicha de compartirlas con una persona muy especial para mí. Mi hijo Jorge. Ahora era yo el padre, ahora daba yo las pertinentes explicaciones, aunque he de confesar que los tiempos son otros y que a mi hijo de nueve años y con su cámara en ristre, poco podía enseñarle yo sobre unas aves que él, atraves de libros, documentales y por que no decirlo, de muchos de vuestros blogs, conocía ya a la perfección. Pero aún así doy gracias a la vida por haberme concedido el privilegio de haber estado a su lado en su primera carroñada, por que creo que al igual que me ocurrió a mí, espero que no lo olvide jamás.

Esto es, lo que con mayor o menor acierto, he intentado recoger en estos primeros planos que ahora os muestro. Unas fotos a las que les tengo verdadero cariño por lo que suponen para mí. Recuerdos de unos momentos inolvidables al lado de mi padre y ahora por último al lado de mi hijo, que permanecerán ya por siempre en lo más profundo de mi ser. 

Fijaos bien en las miradas de los buitres por que tras ellas se esconde el asombro, el respeto, la admiración y el sentimiento de un niño.






































Esta entrada va dedicada con todo mi cariño, a mi Padre. Por tantos momentos buenos que hemos compartido. Por enseñarme muchas de las cosas que hoy sé y que no se aprenden en los libros. Y sobre todo por hacer de mí, la persona que soy hoy en día. Te quiero papá y muchas gracias por todo.

 

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